A modo de introducción:
Lo que expondré no son ideas originales, cerradas, concluyentes. Son planteamientos abiertos al dialogo, a la polémica. Algunos de ellos han sido expuestos por estudiosos del fenómeno de la globalización. (Para este caso, debo agradecer, especialmente, al Dr. Rodrigo Quesada Monge, historiador e investigador de la Universidad Nacional (UNA), desde su libro "Globalización y deshumanización. Dos caras del capitalismo avanzado", EUNA, Heredia, Costa Rica, 2001).
Pretendo sintetizar esos planteamientos para proponer algunas respuestas ante el impacto sociocultural del capitalismo tardío, mejor conocido como globalización y conceptuado filosóficamente como posmodernidad.
No trato, tampoco, de hablar a nombre de los trabajadores de la cultura, o de los artistas o intelectuales costarricenses; mucho menos desde la perspectiva de un especialista en la materia.
Es, más bien, el aporte de un escritor preocupado por la desestructuración sociocultural de nuestro país, sobre todo en las culturas populares, y por el proceso galopante de transnacionalización de la cultura, convencido de que la discusión nos compete a todos. Aspiro, simplemente, a poner sobre el tapete de la discusión algunos insumos que, necesariamente, deberán completarse con otras voces y otras propuestas.
Un nuevo dios :el mercado
Mucho se ha discutido acerca de la globalización, tanto que algunos aún lucen sorprendidos por los nuevos paradigmas del capitalismo tardío; otros se resignan aduciendo que el proceso es imparable. La globalización tiene dimensiones de orden cultural, ideológico, económico y político.
Pero, para aterrizar, diré que es asimétrica y es conducida por el neoliberalismo; mejor dicho, citando a Rodrigo Quesada Monge, "es la mejor forma que ha encontrado el sistema capitalista hasta el momento, en su afán por ocultar los verdaderos fundamentos antihumanísticos que lo definen". En realidad es el mascarón de proa que los teóricos del neoliberalismo recetan como la panacea del "mercado perfecto", sea, la ideología que coloca al mercado en el centro de toda relación humana. Por eso proponen desmantelar el Estado-Nación, creado por ellos mismos para sus propósitos de acumulación de capital y salvaguarda de la propiedad, pues ya no les sirve para el objetivo superior de la mundialización de los negocios. (Para América Latina, paradójicamente, el desmantelamiento del estado pasa por un reforzamiento del centralismo estatal sobre todo en sus aparatos militares. Por una especie de alquimia, el milagro consiste en invisibilizar el Estado para fortalecer la represión en nombre de ese Estado cada día más virtual, empresarial y transnacionalizado).
La transnacionalización de la economía y la privatización de las instituciones y empresas públicas, significa para la población pobre de nuestros países un desamparo absoluto, aunado a una estrategia de desagregación de sus organizaciones tradicionales (sindicatos, cooperativas, partidos, etc.) y despolitización (desideologización) para que no se reorganicen ni se rebelen.
Se trata, según el analista social, chileno/costarricense, Helio Gallardo, en el nivel económico de precarizar el trabajo, y en el político y cultural de cooptar y crear necesidades de consumo inéditas. Se ofrece, al mal llamado Tercer Mundo ( mejor llamarlo "Segundo Mundo", compuesto por los antiguos miembros del " socialismo real" y la mayoría de países de Asia, África y América Latina), la panacea del conocimiento a través de la red, a la cual tiene acceso apenas un 10% de la población mundial, homogeneizando criterios con una cultura masiva que potencia las formas de vida de los principales centros financieros internacionales.
La competitividad y el consumo son los raseros con los que se mide a los hombres y a los pueblos. El rendimiento económico define todos los valores y principios del ser humano en su devenir. Esto es, se humanizan los objetos, por lo tanto son más importantes que las personas, a las cuales se les percibe solamente como consumidoras y productoras de objetos, lo que genera un alto nivel de fragmentación y de caos social que legitima la ley del "sálvese quien pueda".
Así, los pobres habrán de convertirse en "informales" o, peor aún, en "deshechables", pues si no producen no consumen, y quien no consume no existe. Es el sacrificio que debemos rendir ante el altar del nuevo dios: el omnipotente mercado.
Por eso la lectura de la globalización pasa por el hecho incontrastable de que nuestros países, con la caída del "socialismo real" y el supuesto fin de la "guerra fría" (que en nuestra historia reciente fue mucho más que caliente), se han vuelto más vulnerables aún a la competencia.
Por lo demás, se han abierto nuevos polos de desarrollo, incluso al interior de nuestros países, y nuevas periferias, es decir se han trastocado las fronteras, las cuales concentran riqueza en pocas manos y excluyen a grandes mayorías. (El ejemplo más reciente sería la tragedia de los estados de Luisiana, Mississippi y Alabama en Estados Unidos). La homogenización cultural, paradójicamente, implica polarización y conflicto social.
Modernidad, crisis y deshumanización transnacional: la desmemoria
Estamos pues en crisis, tanto de identidades como de instituciones. Sin embargo la burguesía, clase social diseñadora del capitalismo, ha sabido ingeniárselas con las crisis periódicas del sistema.
Para los griegos estar en crisis (" transición") era positivo, significaba que podíamos mejorar, individualmente claro está. Pero la burguesía y el capitalismo convirtieron las crisis en traumas sociales; las necesidades ahora son planetarias.
Así la modernidad se caracterizará por entrar en crisis. Se es moderno en tanto la crisis me obligue a escaparme hacia el futuro en alas del progreso y la razón. El intelectual moderno es aquél que maneja las coordenadas espacio-temporales para avizorar un futuro mejor aunque deba destrozar el presente, sin necesidad de evocar un pasado mítico, todo dentro de un marco metodológico absolutamente racional.
Por eso el artista contemporáneo generalmente se evade de ese presente plagado de condiciones antihumanas y de las contrapropuestas fríamente racionales en nombre de una práctica revolucionaria. Esa evasión, sin embargo, bien puede contener la esperanza como componente de la utopía, convertirse en ensoñación creadora.
La evasión no siempre es retardataria, puede también proponer desde "otra parte" y con otros lenguajes, la posibilidad de la liberación humana. La esperanza puede encarnarse en el lenguaje artístico adquiriendo un poder plurisignificativo, polifónico.
A pesar de ello, la burguesía, por medio de su amplia lucidez para convertir en mercancía todo lo que toca, se percata muy bien de ese "empoderamiento" del objeto y del lenguaje artístico, de la cultura en general, y lo coopta a través de las múltiples posibilidades del mercado: la obra artística se sacraliza en el museo o se "esconde" en las galerías o colecciones privadas, se compra no para ser exhibida, sino para guardarla como inversión que produce plusvalía; las Bienales y los Certámenes se trastocan con la promoción de nombres y apellidos en premiaciones carentes de rigor estético; la obra literaria se convierte en un "boom" editorial desactivando su poder simbólico de acuerdo al horizonte de expectativas de un público mediatizado.
Se ofrece, a cambio, la parafernalia del entretenimiento y la imagen edulcorada con lo light de la cultura de los mass media y la pasarela del fashion en su obscena liviandad. La industria cultural coopta la prensa a través del mercado de bienes culturales y del congelamiento, u ostracismo, de obras y nombres que enuncien una propuesta contrahegemónica o de resistencia cultural.
Por otra parte, el sistema globalizado nos birla el derecho al goce de nuestros cuerpos, porque el amor, la amistad y la solidaridad son peligrosos. Los sentimientos asociados al erotismo y al placer sexual son subversivos. Como apunta Rodrigo Quesada, "el amor y la amistad han perdido cuerpo, porque la cultura burguesa ha hecho todo el esfuerzo posible por hacer aparecer a la personalidad productiva como un pecado".
Debemos escondernos para hacer el amor, o adaptarnos al eros virtual a través de la red. De allí nuestra posmoderna y colectiva soledad. A su vez, se decreta, con la muerte de la historia (Fukuyama), la imposibilidad de soñar y de recordar.
El olvido es la práctica constante que se nos recomienda, tanto en términos históricos como estéticos. Así como se nos despoja de nuestro trabajo, también se nos despoja del patrimonio de la memoria individual y colectiva y de nuestra capacidad de soñar.
El pasado ya no existe a no ser como un conjunto de hechos idos y desconectados de nosotros, es un eterno presente de producción y consumo desarticulado por la imagen tecnológica. El mundo se reconfigura como un espacio hostil donde el individuo ya no posee las claves para reconocerse con los demás, ni para entender el origen de la violencia estructural. Está solo, triste y abandonado.
La homogenización deshumanizada de la cultura pretende, entre otras cosas, borrar la memoria y los sueños históricos de los pueblos periféricos, así como los traumas causados por el mismo sistema.
Aquí es cuando el verdadero artista, el auténtico intelectual, entra en crisis y se escapa. La validez de su escape dependerá de la manera en que socialice su crisis personal. El imperativo de esa crisis será entonces comunicarse a toda costa, mejor dicho escribir, pintar, esculpir, componer, para lograr que su "Grito, Luego existo", dolorosa y lúcida posición del destacado escritor cubano Reynaldo Arenas, cobre sentido social.
He ahí el único compromiso del creador: comunicar estéticamente el dolor, la tragedia, su crisis existencial, pero también la esperanza y la alegría de vivir, a los otros, desde su trabajo cotidiano con las formas artísticas.
Para el escritor y el intelectual ese compromiso pasa por el riguroso afinamiento de las palabras; hay que depurar, darle sentido histórico a las palabras. Ese compromiso debe ir más allá; como ciudadano, de su pueblo y del mundo, debe asumir el gran reto que nos lanza la posmodernidad con su asepsia ideológica de capitalismo tardío y su mustia visión histórico-social: "desmercantilizar" el arte y la literatura para delimitar el espacio de la deshumanización de la cultura resistiendo activamente ante la transnacionalización del capital.
A manera de conclusiones:
"Controlar la vida privada de las personas, diseñar sus sueños y condicionar sus utopías, sería el triunfo más logrado de los ideólogos de la globalización", según el historiador Quesada Monge.
Eso quiere decir que la amistad, la solidaridad, la memoria colectiva e individual, la paz, el amor, la ensoñación creadora, en fin la vida; son la respuesta que nuestros pueblos globalizados deben enarbolar para no sucumbir ante el tremendismo neoliberal que plantea una única salida capitalista plagada de frustración deshumanizada, es decir de necrofilia.
Dentro de esa perspectiva esbozo las siguientes propuestas, como fundamentos de una respuesta digna del artista y del escritor, del intelectual y el promotor cultural, ante la modificación de las políticas culturales en América Latina, y como posibles líneas de acción para una Plataforma de Resistencia ante la globalización bajo esquema neoliberal, que permita la defensa de las conquistas sociales y la transformación de las actuales relaciones de poder, en nuestro país y su entorno regional:
1. Debemos proponer la recuperación de un espacio esencial que la burguesía y el capital aún no reconquistan totalmente: la posibilidad del diálogo personal con el otro, con los demás.
2. Promover el desarrollo de una subjetividad crítica y creadora, que recupere lo contestatario, la insubordinación intelectual y práctica, para cuestionar socialmente el "sentido común" pragmático, impuesto por el neoliberalismo.
3. Enarbolar la humanización del trabajo y la reconversión del consumo. El primero debe convertirse en un actividad solidaria, creativa, segura, equitativa, enriquecedora de la cultura y en balance con el reposo, la recreación y la naturaleza. El segundo para que el proceso de formación y usufructo de necesidades sea democrático, que parta de una distribución justa de los bienes generados con pleno acceso de todos.
4. Recuperar nuestros cuerpos como entes soberanos, como geografía de nuestra verdadera vida espiritual. En el amor y en el placer erótico (el eros como disfrute límite del otro), así como en nuestra privacidad dialogante, reside nuestra más clara resistencia comprometida con la vida. Solamente de esa manera podremos superar la soledad y la atomización posmodernas y reivindicar la palabra como un instrumento orgánico de nuestra verdadera humanidad.
5. Destacar nuestra riqueza pluricultural, multiétnica y multilingüe, así como sus intensas posibilidades de sincretismo, hibridación y mixtura de géneros.
6. Fortalecer el ejercicio de la memoria, tanto individual como colectiva, para darle continuidad a nuestros sueños. Esto significa resemantizar (recrear) nuestras historias con la capacidad transformadora de la imagen artística y la palabra compartida.
7. Reivindicar la sensualidad y la espontaneidad como factores inherentes a nuestra capacidad de vida. Frente a la cordura necrófila del sistema, la "Locura" de sabernos vivos, el humor, la sátira y el sarcasmo, son la puerta grande por donde salimos a protestar contra el orden caótico de la productividad y la cosificación de la realidad.
8. Recuperar los espacios públicos y los puntos de encuentro socioculturales como plazas, parques, calles, bulevares, tabernas, cafés, etc., para proponer la fiesta y el carnaval de la convivencia solidaria con los demás, como una forma de amistad y comunicación alternativa, pero también de lucha social y defensa comunitaria.
9. Retornar a los sectores populares, pero no en términos del extensionista o del intelectual / artista iluminado que llega a entregar sus productos para "educar" y "concientizar" al pueblo, sino para establecer nuevas relaciones donde el intelectual y el artista se convierten en mediadores y facilitadores que dialógicamente exponen las categorías conceptuales básicas y los elementos de la producción artístico/cultural a los sectores subalternos, para que sean ellos quienes desarrollen creativamente sus propias propuestas desde un "empoderamiento" colectivo.
Es un diálogo necesario donde el intelectual y el artista también aprenden de los saberes populares, integrándolos a su producción teórico/metodológica. Se trata de superar el patriarcalismo cultural, el extensionismo academicista y la "opción políticamente correcta", para pasar a la acción concertada donde los sectores populares sean, ahora sí, los verdaderos protagonistas.
10. Construir y desarrollar redes alternativas de intercambio y producción de nuevas formas y experiencias artísticas. Para "desmercantilizar" el arte y la literatura no basta con buenas intenciones o manifiestos, debemos entablar el diálogo con otros creadores y abrir las fronteras de la creatividad para potenciar producciones compartidas o distribuir "de otra manera" las nuestras. Ir al encuentro con los otros. En otras palabras, debemos oponer a la globalización homogeneizante el amor, la amistad, los sueños y la poesía desde nuestras propias posibilidades creadoras y comunales, no solo en la producción, sino también en la difusión y en la circulación de los bienes culturales.
*Escritor costarricense